Con una copa de vino, mi mamá me dijo cómo quería que fuera su despedida.

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Con una copa de vino, mi mamá me dijo cómo quería que la despidiéramos.

No era un tema que tocáramos. Siempre le incomodó hablar de la muerte, así que no hablábamos de eso. Por eso me sorprendió que ese día, en su casa, en una conversación cualquiera, empezara a decirlo así de claro.

Me habló de su funeral, de que quería música de fiesta, que ojalá bailáramos, porque ella es una fiesta en vida y no tendría sentido que fuera distinto. También me dijo que quería que sus cuatro hijos la vistiéramos.

Después, en el mismo tono, sin hacer una pausa especial, me dijo que donaría sus órganos, que no quería que la cremaran —“porque soy bruja”— y que quería que entendiéramos que iba a estar con nosotros igual, más allá de este plano.

Ese día me hizo responsable de sus deseos cuando no pudiera decirlos.

No es solo lo legal, ni una lista de decisiones. Es algo que normalmente no se habla, pero que sí está pensado.

Más adelante lo vi también en datos: más del 80% de las personas no tiene esta conversación. Y cuando la tienen, no se quedan en lo práctico. Hablan de cómo quieren que sea ese momento, de cómo quieren que lo vivan los demás.

No tiene que ver solo con una sepultura o un seguro. Tiene que ver con lo que pasa ese día.

Así nace Rito.

Desde algo que existe, que está pensado, pero que casi nunca se dice en voz alta ni se deja por escrito.

Escrito por IAZ